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Candela Peña tiene razón (pero no toda): quién sostiene realmente la sanidad pública de España

El Confidencial: La afirmación de Candela Peña sobre quién lleva el sistema resulta desproporcionada, pero no está exenta de alguna razón. El colectivo enfermero tiene un papel crucial en el cuidado de la salud, un trabajo que también envuelve a otros profesionales

El miércoles por la mañana le comenté a una de las enfermeras de nuestra planta de hospitalización que no sabía de qué escribir el sábado (es decir, hoy), y ella no dudó en la respuesta: “Habla de nuestro trabajo y, sobre todo, de que necesitamos vacaciones”. Me lo soltó sin pensar mucho, con una mano agarrada a un suero que le iba a poner a un paciente, y con la otra, atendiendo al teléfono que no paraba de sonar ya desde mucho antes de mi pregunta.

Colgó y se fue a poner el suero y yo me quedé solo, sopesando su propuesta. Me vino a la cabeza la actriz Candela Peña y unas declaraciones recientes suyas en televisión. No es que las hubiera visto en directo, puesto que no veo ese tipo de programas que me resultan soporíferos, pero sí que me llegaron en forma de reel a través de las redes sociales. El corte empezaba con Candela pidiendo permiso al presentador: “¿Puedo decir una cosa?” (Debían estar tratando ya sobre el tema en cuestión, pero no estoy seguro porque no había referencia o alusión concreta), “Quiero decir que quien realmente lleva la sanidad son las enfermeras y no los médicos”. La afirmación, que parecía espontánea y sincera, y se acompañaba de un giro de cabeza un tanto teatral, fue coronada al instante por un murmullo de aceptación por parte del público presente que, casi al unísono, acabó por estallar en estruendosos aplausos.

Candela tiene más o menos mi edad, así que no me ha sido difícil seguir su carrera desde su debut en Días contados de Imanol Uribe (los actores que nos son contemporáneos resultan muy sencillos de identificar con ellos). Es una actriz excepcional (ocho nominaciones y tres triunfos en los Goya avalan su trayectoria) y a mí me lo parece realmente, puesto que siempre me han gustado sus interpretaciones. Creo que sus dotes le han debido llevar a cotas profesionales más altas, incluso. Tal vez lo mejor esté por llegar.

Ahora bien, yo no soy director de cine, ni actor, ni productor, ni cámara, ni guionista. No tengo relación con la industria del séptimo arte. Tan solo soy espectador, asistente a salas de cine (cada vez menos), sufridor de malas películas que se estrenan cada semana (cada vez más). Tengo solo mi opinión como consumidor. Amo el cine y forma parte de mi vida, pero no tengo estudios en disciplinas cinematográficas o en cursos de interpretación, ni una carrera profesional extensa en la industria del celuloide. Así pues, mi parecer sobre las capacidades artísticas de Candela Peña vale poco, o nada, porque no se fundamentan en estudios cinematográficos ni en una carrera profesional. Es una opinión personal. Respetable, pero poco fundamentada.

Mi primera reacción ante el manifiesto en prime time de la actriz protagonista de Princesas, en el que afirmaba, de manera taxativa, ante media España, que “quien realmente sustenta la sanidad son las enfermeras y no los médicos”, me revolvió por dentro, de la misma manera que (no tengo pruebas, pero tampoco dudas) lo hizo a la totalidad del colectivo de médicos (y médicas, disculpen mi torpeza con el lenguaje inclusivo) que se dedica al cuidado de la salud de nuestros congéneres, veinticuatro siete, en pandemia, durante Filomena o ante un apagón. No me gustaron porque me resultaron inexactas, poco fundamentadas; injustas para otros colectivos.

Las declaraciones se hicieron virales y muchos médicos influencers utilizaron su capacidad de difusión para afear las palabras de Candela, a quien se cuestionaba su sapiencia, su experiencia profesional y su conocimiento para juzgar sobre el sistema sanitario patrio. Los argumentos eran similares a los que la actriz utilizaría si alguien que no es profesional del cine hubiera criticado su interpretación en Te doy mis ojos: “¿Quién eres tú para juzgar mi desempeño como actriz?”, soltaría, sin ambages, después de una interpretación que tuvo muchos meses de preparación seria y profesional. A fin de cuentas, ¿quién es nadie para cuestionar el trabajo de un profesional, se dedique este a tratar enfermos o interpretar papeles dramáticos?

No solo el colectivo médico puede sentirse ninguneado por la afirmación de la actriz (y quienes se sienten identificados con su aserto). Existen otros que trabajan con ahínco y profesionalidad en el cuidado de la salud de aquel que lo necesita, y que no reciben los halagos que recibe el médico, cuando el paciente se va a casa de alta, después de superar una larga enfermedad. Porque, en el engranaje de la sanidad, se incluye (aparte de los médicos y las enfermeras), auxiliares de enfermería, farmacéuticos, terapeutas, técnicos de diagnóstico, psicólogos clínicos, celadores, personal de gestión y servicios, trabajadores sociales, personal de cocina y de mantenimiento y, por supuesto, el servicio de limpieza (quienes, parafraseando a Candela, podríamos decir sin exagerar que sustentaron la sanidad durante la pandemia, cuando la única arma eficaz contra el coronavirus era la higiene y desinfección exhaustiva de los centros médicos).

Pero, de la misma manera que yo no me equivoco mucho cuando abandono una película nada más empezarla porque sé que va a ser muy mala, Candela Peña tampoco se equivoca mucho al ensalzar al colectivo de enfermeras, un gesto que fue agradecido por el Consejo General de Enfermería, dicho sea de paso. Digamos que un usuario de los servicios de salud también es capaz de entender la magnífica labor diaria de las enfermeras sin que este tenga que ser un erudito en gestión sanitaria, de la misma manera que yo dejo a los diez minutos de haber empezado, nueve de cada diez estrenos de Netflix.

Nosotros, los médicos, no seríamos nada sin las enfermeras. Nos apoyamos en su labor, su criterio profesional, y respetamos su actividad diaria de manera escrupulosa. Somos conscientes del esfuerzo, de la mediación continua paciente-familiar con la que han de lidiar cada día. Ellas evalúan el estado del paciente y nos transmiten su parecer para que, siempre en conjunto y como equipo, nosotros podamos escoger las pruebas diagnósticas y la línea de tratamiento más adecuada para el paciente. Sí, Candela Peña tiene mucha razón, pero su afirmación es incompleta. Los médicos curamos, pero no podemos hacerlo sin ellas.

Espoleada por la excitación de sus propias palabras, Candela Peña continuó con su argumentación ante los televidentes: “A mí me gustaría hacer una película que se llamara Enfermera de noche de UCI”, propuesta que fue recibida por el público con risas y aplausos, demostrando sus grandes dotes de comunicación.

Pues como médico y cinéfilo amateur, opino que sí, que sería un acierto, pero siempre y cuando se tratase con la rigurosidad que un tema tan serio requiere. En general, a la enfermera se le ha medio ridiculizado históricamente en películas y series de televisión. Se ha presentado un estereotipo que nada tiene que ver con la realidad: uniformes ajustados y minifalderos, cabello suelto y coronado por ese tocado que resulta tan simbólico de un pasado de lo más cavernoso. ¿Recuerdan ese cartel de una enfermera con cofia solicitando silencio con el índice en los labios? Seguro que Candela, que tiene más o menos mi edad, se acuerda perfectamente.

Una película que muestre el trabajo de la enfermera

Hagan, hagan una película sobre el trabajo que desempeña una enfermera. Me parece bien. Pero ajústenla a la realidad. Que la gente entienda lo duro que es trabajar en el turno de noche, atendiendo a pacientes que están mal, que vomitan, que tienen fiebre, o que “simplemente” están solos en el mundo, o se mueren de miedo, o de angustia, o están agresivos, o soltando exabruptos que jamás pensarían que soltarían porque son muy ancianos y se han desorientado, o porque no saben si es de día o de noche, o en qué mes del año nos encontramos, y solo quieren una mano que apretar (y no será la del médico, precisamente, porque no es nunca el primero que llega).

Hagan la película para que la gente valore, también, el trabajo que hacen las auxiliares de enfermería, quienes se ocupan de las funciones más básicas de aquel enfermo impedido, ese que defeca en la cuña, que no puede asearse ni ponerse de pie; que es consciente de que ha perdido la dignidad, y que no puede sino ser auxiliado por un colectivo poco reconocido y mal pagado. Una profesional que se quema trabajando por sufrir la desgracia ajena y que luego tiene que ir a casa a cuidar de su otro negocio, los suyos, quienes demandan tanto (o más) que sus propios pacientes. ¿Cómo no va a querer mi compañera enfermera que pida para ellas más vacaciones en estas líneas? Lo llaman burnout, como si el uso del anglicismo resultase más sofisticado y llevadero ese estado de agotamiento físico, emocional y mental causado por el estrés laboral que sufre un colectivo cansado y poco reconocido.

Quien realmente lleva la sanidad son las enfermeras… los médicos y los otros colectivos” pudiera haber dicho Candela Peña. Su aseveración fue errada en la forma e incompleta en el contenido. Tal vez se hubiera podido repetir la toma, como tantas veces pasa en las películas, y que la ganadora del Goya a la mejor actriz de reparto por Una pistola en cada mano hubiese ensalzado la labor de las enfermeras sin menospreciar el resto de colectivos. Pero también entiendo que este mensaje hubiera tenido menos fuerza que el anterior y que generaría menos impacto mediático, en un mundo en el que predominan las opiniones poco fundamentadas y el consumo de titulares sensacionalistas.

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